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miércoles, 18 de septiembre de 2013



Cuando veo que alguien besa a una enfermera, inmediatamente cierro los ojos y rompo las fotografías de todas las mujeres que he inventado. (¿Inventar es amar?). Tantos son los libros por leer que entre sus páginas guardo los rostros de todas esas mujeres como una siniestra y futura colección sentimental.


 Mi imaginación es una mala mujer.

Cada vez que rompo una de sus fotografías, ella enferma y contagia a quien besa en la puerta de su casa… uno a uno, mueren o espero que mueran.

Esta noche, por puro aburrimiento y azar,  leo Morgue, de Gottfried Benn, y allí está ella, una de ellas, la enfermera, en la página 10, en este poema:

KREISLAUF
Der einsame Backzahn einer Dirne,/ die unbekannt verstorben war,/ trug eine Goldplombe./Die übrigen waren wie auf stille Verabredung/ ausgegangen./ Den schlug der Leichendiener sich heraus,/ versetzte ihn und ging für tanzen./ Denn, sagte er,/ nur Erde solle zur Erde werden.


CIRCULACIÓN

La solitaria muela de una puta
una muerta sin nombre
llevaba una corona de oro.
Las demás se habían desprendido
como por un secreto acuerdo.
Ésta la extrajo el sepulturero para sí.
Porque, decía,
sólo la tierra debe volver a la tierra.

 

domingo, 1 de septiembre de 2013



Ser un buen hombre



Ser un buen hombre. Un hombre mejor. Escucho a Vivaldi. Ser Vivaldi. Ser un hombre del siglo XVI, del siglo XXI. Y aquí estoy, herido en el vientre, medio ahogado por una curvatura seca y purpura que dobla por el ombligo y el recuerdo de mujeres hermosas.

Ahora estoy frente al espejo borroso con una barba de una semana. También me veo de poco escribir. Sí, desde hace mucho, de poco leer como una mandolina. Más bien he estado concentrado en el techo de mi habitación: manchas amarillas, negras, azules, verdes. También he estado concentrado en el sexo por mensaje de texto, y entre tanto adjetivo tibio e ideal, me he dado cuenta que me cuestan las frases cortas, las del dialogo, las que hacen de la prosa ese hermoso ejercicio paisajístico que practican los niños al abrir y cerrar sus ojos mientras corren por las plazas más altas, las de los recuerdos. Me cuesta tanto recordar. Por eso, cuando escribo estas cosas, un par de líneas para seguir viviendo, remedo esas frases cortas con ideas tan largas como cuando tomo un taxi y pienso “nunca he hecho el Amor en un taxi” o “la política es la manera más provechosa de perder el tiempo”. Las ideas en un taxi también son un paisaje.

Pero ahora estoy en mi habitación, como casi siempre sucede cuando escribo estas cosas, mis cosas, algunas líneas para decidir cuándo y dónde debo continuar, por ejemplo: iba en un taxi de la calle Vargas a un edificio en Las Delicias y ahora estoy en mi habitación escuchando a Vivaldi y pensando en qué me equivoqué. Lo único que sé es que es un cuento largo sobre ser abogado, usar traje gris plomo azulado con 37 grados centígrados a  media mañana, un agente de seguro, una escopeta, dejar de fumar y una mujer aindiada.

Ah, ya sé, ser un buen hombre debe consistir en recordar, como cuando era niño y escuchaba la música que escuchaba mi padre, que era a música que escuchaban mis abuelos, que vivían en dictadura y no lo sabían, pero aún así podían fumar los mejores cigarrillos del mundo, esos que fumaba Rodolfo Valentino. 

–Rubén, una digresión más y te lanzo del taxi andando, lo juro.

Escucha, aprende a escuchar, sí, así es, ¿ves?, es una mandolina, un órgano, (¿un arpa?) y quizá algún instrumento barroco del siglo XV que en este país solo podría distinguir el oído de una hermana de María Fernanda Palacios. Lo demás, como diría Montaigne, es ser hombre.

Yo sólo puedo distinguir que el que toca la mandolina viste un leotardo gris, y por esa expresión que hace con la boca cuando ve las manos del arpista, se nota que no hace mucho un medico florentino ha practicado una apendicetomía en su vientre y frente a todos los estudiantes de anatomía del gran ducado de Toscana.
¿Ser un hombre bueno es ser todos los hombres, como el titulo de ese libro de cuentos? Un hombre del Renacimiento. No lo sé. Yo hablo de ser un buen hombre, mejor, pero al mismo tiempo no tiene nada que ver con la reflexión, con esa reflexión, ni siquiera he pensado en eso. Tiene que ver con las mejores palabras, con el mejor sentido de las mejores palabras y sus mejores sonidos.
¡Bueno, ya basta!, conviértete en Luis Alberto Crespo, que ahora es embajador de Venezuela en la ONU, pero también escribió estos versos:


Moría vivo
Cuando despertaba

Y sin huesos
Como el amor.

jueves, 22 de agosto de 2013

Voy hablar sobre el Amor
(I)



Una mujer acaba de salir de mi habitación, está en el baño, dormida o despierta, todavía no lo sé, pero escucho el agua entre sus dedos que caen en círculos concéntricos y salpican en sus ojos que miran las líneas de sus manos pálidas y suaves donde mi cuerpo todavía titila o brilla como un espejo cansado y enmarcado con luces de neón.
Anoche una mujer se enlunó en mis brazos y probé, estúpidamente, cómo se hace el amor con la luz apagada, con los ojos cerrados, sin pensar, leve y sonriente. Ella tomó mi mano y me llevó a una calle llena de pecas, celajes, manchas apagadas y charcos que reflejan el techo blanco de mi habitación mientras una lluvia cristiana intentaba apagar los gemidos paganos y sin mascaras de quienes se han visto sólo dos veces en esta vida.

¡Cuántas veces he visto llover!

Ella estaba desnuda, yo estaba desnudo y veíamos volar a dos pájaros gigantes alrededor de un fuego secreto. Sí, voy hablar sobre Amor…

Nací enamorado. Mi madre estaba enamorada. Mi padre siempre fue un hombre solitario. Pero conocieron el amor, esa palabra que cuando se dice desaparece, el mismo día en el que una secretaria se levantó de buen humor y le dijo a mi madre un Lunes por la mañana “por favor, espere, el doctor ya la va a atender”. Y mi madre volvió a sentarse, cogió la revista “Música universal” y leyó: “Karajan desaparecía, y era tan fuerte su acto de magia que la música era un obstáculo para volver a verle…”. Mi madre me dijo una vez que la oficina de mi padre tenía alfombras verdes. Eran otros tiempos. Y así seis años y el divorcio de mi madre se convirtió en un reloj de oro que le regaló su abogado; Karajan se convirtió en Esperanza Márquez, la cantante favorita de los nuevos amantes; y la espera en un tribunal civil se convirtió en otra espera, la espera de toda la vida.

Nací ahogado, casi muerto, mi sangre no era compatible con la sangre de mi madre. Ese día, el mismo día que vi la luz por primera vez, lo único que me salvaría la vida sería una inmediata y absoluta transfusión de sangre. Sólo había un problema, la sangre que tenían en el hospital para transfundir no había pasado por ningún tipo de análisis. Mi padre tenía que decidir, y así lo hizo. Era la sangre de un guardia nacional de los años ochenta que había muerto ese mismo día pero que nadie quiso saber cómo, así que no puedo mentir mucho al respecto, lo único que sé es que su sangre estaba ahí, había amanecido en una nevera industrial que más bien parecía un bloque de hormigón en medio de una playa; no sé, así lo imagino.
Sobreviví a los tubos de ensayo y a los microscopios, uno a uno y en cada pupila. Ninguna novedad, como dirían en los cuarteles de Maracay. Todos los hombres de este mundo son buenos e inolvidables.

Amamantado por el sueño, crecí y ya más nunca supe qué era el amor, había salvado la vida milagrosamente gracias a la muerte de alguien más sólo para comer y dormir. Hasta que mi madre, farmacóloga independiente, consiguió trabajo en un pequeño hospital muy lejos de su apartamento. A los cuatro años quedé solo por primera vez, solo, con María Inés, la que me cuidaba.

Una mujer siempre es un primer recuerdo, como ese poema de Kavafis que nunca nadie podrá escribir mejor: “los recuerdos son como las voces de nuestra primera poesía que nos habla en sueños”. Yo no recuerdo un cumpleaños, mío o de un primito feliz; no me contaban cuentos; no había televisor en casa (¿o sí?); no tenía mejores amigos en la escuela pública a la que iba; y hasta después de los diez años no conocí la playa sin que me perdiera en la muchedumbre y sin que el mar intentara tragarme; nunca nadie me invitó a subir a un árbol. Sólo recuerdo a María Inés, que me abrazaba y me besaba como si fuera su hijo, su Dios, su héroe, su amante detenido en el tiempo por una maldición egipcia. Era rubia, rubia como lo son todos los recuerdos, tenía 16 años, caminaba descalza, limpiaba el apartamento de mi madre, me bañaba, me vestía, me daba de comer y me veía dormir, hasta que un día desperté, tenía seis años y la besé en la boca.
Le voy a decir a tu mamá, -me dijo con su acento de Pampanito, un pueblito a pie de una  montaña pequeña. Pero María Inés nunca dijo nada a nadie.
Hace poco le conté a mi madre lo que sucedió ese día y ambos reímos como dos colegiales jubilados de clase.
Hoy trato de recordar que vino después de ese beso con mi primera amante, solícita y analfabeta; trato de recordar si esa noche nos volvimos a besar; si ella, asustada y deseosa, me despertaba a media noche todos los días, arrodillada y al borde de mi cama, sólo para acariciar mis mejillas y besar otra vez una y otra vez, con sus tiernos y rosados labios, todo mi cuerpo de niño dormido, que fingía, que fingía, que fingía que estaba soñando con ella. No sé, quizás, supongo, imagino.

Creemos que es imposible recordar el día que nacemos, pero lo cierto es que ese día es un secreto que el cuerpo no puede contar. Pero el Amor, el Amor es la historia de ese mismo cuerpo que desaparece si no sabemos amar sin decir “te amo”...

Daniela ha regresado con sus manos limpias (¿podré llamarla por su verdadero nombre cuando se haya ido y empiece a escribir sobre ella y sobre todas estas imágenes que me palpitan en la cabeza y en el olor a sexo?); porque sí, quiero hablar sobre el Amor, pero ahora estoy desnudo y Daniela pide que me calle y que por favor la bese hasta que me quede solo y dormido.





 (*) Detalle de un cuadro de Egon Shiele.

martes, 11 de junio de 2013

SUEÑO INDECISO



Una semana, tú y yo, una semana. Así será. Y que vengan otras, y otras, otras, otras más y más.



Despertó temprano. Anoche D. no quiso regresar con él a casa. Salió del bar a fumar un cigarrillo y ella siguió sus pasos antes de levantarse de la mesa: –Es mejor que me vaya con F., tú y yo, otra vez, no podemos…–. Apagó el cigarrillo y le dijo que estaba bien que se fuera. Regresó a casa, solo como un caleidoscopio. "Desperté temprano", pensó. La cama está medio hundida y tiene la mitad del cuerpo dormido. El cerebro no me habla, –dijo. Las sabanas azules ya son blancas como todas sus metáforas pendientes, pero el desorden siempre lo ayuda a pensar y reír sobre otras cosas. Han pasado semanas sin el leer el periódico o el twitter y de repente toda su vida, todo su dinero, toda su ropa, ahora es ese vacío del que tanto hablan en los supermercados; “carne empaquetada al vacío”, dicen en las carnicerías que tienen cierto aire de peluquería elegante, casi los mismos sonidos pero con otra intemperie en las paredes y en las fotografías. Ningún carnicero puede ser homosexual, decía su madre, que una vez al mes iba y le regalaba un kilo de carne a su único hijo soltero.
Freír carne a las cinco de la mañana parece una buena idea. Siempre le gustó pensar mientras escuchaba ese sonido que hace la carne en aceite hirviendo, breve y en la mirada de la oscuridad, que se parece tanto a ese único recuerdo que lo emociona.
El hombro y el cuello se tensan, el sartén pesa, quizás sea porque no ha encendido el bombillo de la cocina, pero no sería igual el aceite hirviendo debajo de la luz. Ríe, recuerda: “Tú y yo, otra vez, no podemos…”.  Puta, –pensó. Echó a la carne un poco de cerveza y tomó otro poco o hasta que se acabara. Lanzó la lata y sólo se escucho el ruido que hizo sobre la gravedad de la semana pasada. Es el mismo brazo que prepara la carne con cerveza y sal a las cinco y veintitrés de la mañana, el mismo brazo bajo la sabana, que buscaba su sexo  pero encontró todo su cuerpo. Albert está desnudo, gordo y sucio, lo siente en sus pies, en sus parpados, en todo el movimiento de los huesos y las pupilas unidos en la cerveza caliente que ríe como una hiena en el fondo de la oscuridad. Se siente sus pasos, su mirada, el recuerdo de un vestido estampado de 4 tipos de azules y una mujer que se levanta de la mesa, enciende el mismo cigarrillo y se va.
Un hombre ha matado a una hiena en la sala de su casa y ahora busca la cabeza, la frente, el estomago, la mandíbula que le ha quitado a su mujer.
Es ridículo, –dice en voz alta.
Albert respira hondo porque cree que todo es soñar, plazo, figura, estimulo, razón, hiena, mujer, cerveza sobre la carne muerta. Respira hasta el fondo y escucha un millón de botellas rotas como el velo de la fantasía, respirando e hiriéndole en la espalda que se abre como la ventana de su habitación y se expande para ver dormir a los gatos sobre la grasa que dejan los carros al calor del mediodía.  Vio como se abrió todo su cuerpo y la cesación de los órganos empezaba a girar como un cine mudo. El tiempo se detuvo cuando el dialogo apareció, era el cerebro, valiente y palpitante, hablador y animal. Sólo dijo: “Un árbol te acaricia el patio del pensamiento”.
Al día siguiente, es decir, son las seis y ocho de la tarde, Albert volvió a levantarse con una idea que la sintió temblar en el corazón y le abrió los ojos para siempre: “Y si los arboles, como los gatos, comen insectos y pájaros, fornican, miran al cielo y bostezan”. Volvió a sonreír sin darse cuenta. Se levantó de la cama por última vez e hizo el gesto más hermoso del día: Dejó de pensar.









Fotografías: Arriba: Yo, borracho.
Abajo: Sojaila Bueno Loaiza.

domingo, 19 de mayo de 2013



Una mujer



 ¿Cómo escribir sobre los golpes en mi cabeza, ese corazón atado a lo que no veo? ¿Pum-Pum? Tocan. Es ella que trae mi paranoia, la sacó a pasear y ahora la trae de vuelta. Está contenta, sonríe como enferma, pero está bien. Además, llega temprano: Domingo al mediodía. Puntualidad, como dice un amigo.
Hacen falta horas para escribir, escribir que llegas, que no es un sueño, que realmente estás allí con tus pies de niño, que me llamas desde el pasillo de luz vacía (las mismas metáforas), que abro la puerta con una sola mano y que me besas desde del estómago a la boca. Pero no, uno no se equivoca con las vocales, las horas son eso, semanas ya vividas que se cuentan como vocales, que me hacen perder el tiempo pensando que estuve allí, que no ha pasado nada, que me esperas, que podría ser como uno de esos domingos, que por primera vez terminaré de escribir algo que valga la pena, sonoro y contigo.
Demasiado realista, -dirías.






Fotografía: ...