Desperté con el recuerdo de una pared blanca, húmeda y sin sombras de la casa. El aliento a insomnio, a mentira, y las palabras todavía en la cabeza, mudas de pensar, eran también paredes, muros, hueso, mordida, sonido de reja, noche, fechas, dinero, papeleo, demandas, escaleras, informes, cobros, más escaleras, pruebas, números, teléfonos, insultos, clientes, baños, pensamientos, pastillas, más dinero para el café, apelaciones, amenazas, sonrisas, sudor, cuentas, artículos y la maldita redacción de abogado al mediodía, todavía sobrio, inútil, hipócrita, profesional, despierto, monacal y fascista.
Vuelvo sobre mis parpados, doblo en la esquina Vargas cruce con Boyacá, espero, interrogo, imagino, escucho y respondo a un hombre de ojos negros sin pestañas ni cejas, sentado en una moto y de una delgadez homicida, moreno, pálido, de bigote tísico y labio gordo: Toma. Llámame. Estamos a tu orden.
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martes, 5 de mayo de 2015
lunes, 1 de diciembre de 2014
Las palabras, las fotografías y los dedos de Egon Schiele
El día es una silla en forma de horas,
segundos, semanas. Me siento en una de esas sillas solo para esperar o beber
una cerveza y corregir lo que he escrito el día anterior. "Los niños
bailan alrededor de otros niños", escribo, y al día siguiente esos niños
son piedras de río o simplemente la mirada de una mujer que pasa frente a la
mesa del bar donde ayer escribía que los niños bailan alrededor de otros niños
solo para molestar a los hombres del bar, crueles, silenciosos, furtivos e
inocentes de lo que sea yo esté escribiendo en esta libretica de rayas crudas y
duras, sin serial, junto a la botella de cerveza fría y espesa a través del
vidrio negro caramelo pegado en cualquier lugar a la arena de la playa bajo un
montón de mujeres desnudas, gordas, sonrientes, fotografiadas, oscuras y
humilladas por otras mujeres de sombra delgada, tísicas de peso fascista y de
afiche, propaganda, oasis o sueño erótico apretado a las nalgas o túnicas
morenas por todo el cuerpo, bamboleandose hasta en lo blanco de los ojos,
untada en la pupila parada del aire de colores rojo, purpura, rosado, verde,
venas, en la música blanca y el baile cansado como mantequilla terrestre,
cínica y caliente sobre el pan duro del homicida, policía con oro,
torturador, diplomado, violador de niñas y burócrata, amigo o hermano en
las fiestas de matrimonio, hijo del buen padre de familia en los bautizos,
hospitales y morgues olor a sudor y cualquier hombre.
Hace calor de informe, de foto carnet,
de alumno, de música en la cárcel. Por eso todos los lunes quiero ser
fotógrafo, como Kubrick a los 20 años, con los dedos de Egon Schiele y los pliegues inevitables
hinchados sobre las ropas, como si estuviera comenzando a escribir sobre
pájaros, como poner nombre a todos los espejos del mundo y a todos sus mamíferos,
a todos los edificios, piñatas, nubes y semanas (¿por qué las semanas no
tienen nombre?), pero no tengo dinero para comprar una cámara oscura, fría y
elegante como el pasillo de un cine. Así que lo único que me queda es escribir
o tomar fotos con el cuerpo. Tomar fotos con el cuerpo es más fácil. Lo primero
es hacer del estómago un flash, glandular, capturador, sibarita, cautivante;
para eso, la respiración cierra los ojos y el parpadeo es contenido en la retórica
negra de la imagen que se ha enfocado desde el corazón, fotógrafo por
nacimiento, por sístole, por razones, por jardines y recuerdos. Así, el aire
que entra e infla el corazón (los pulmones solo pueden tomar fotografías si se
está fumando), prendido de humedad por la lengua, por el gusto a cuerpo e
instante, el corazón predice la imagen, corpúsculo sin pasado, solo en su
actualidad de niños jugando al español, y aparece en las palabras, poco a poco
en la voluntad, haciéndose tibiamente, pose o celaje, lentamente en los sonidos
y en los sinónimos, una a una solar y animal, las palabras, como en el bar, en
la playa, como la mujer que te mira o te ama en la otra vida, en la cama, en la
pared, en el techo, en las mentiras, en la cerveza, en los tribunales, en el
silencio, en los astros, en los árboles, en las fotografías soñadoras donde los
días cesan, cambian de nombre, reaparecen, repiten el sol, permanecen.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Selfie
No,
no puedo escribir y fingir al mismo tiempo. Es decir, escribir ya incorpora
algo de fingimiento, que hace de la historia y las palabras, incluso de la ortografía
y el silencio, cansancio musical y dialéctico.
Yo
escucho a tiempo mío.
Escribiré,
sí, pero escribiré con los complejos y prejuicios de la vieja, familiar y
prosódica memoria, como para burlarme, cuando menos, de mi imaginación, nostálgica
de nacimiento.
Despierto
con el rostro, engullo con el rostro, pienso y siento con el rostro
judeocristiano destinado a este país mediterráneo Caribe con ínfulas de Nueva
York, Sevilla y Orán 1950.
Ahora
el paisaje es la pupila y el rostro es carne fílmica.
Ahora
todas mis poses son industriales, parecen mascaras de un Bauhaus mediocre, y en
vez de una estrella amarilla a la altura del corazón, como en las películas de
Hollywood, una foto tipo carnet del rostro será la estrella, repetitivo y monótono,
digital, vacío y parcial, pegada al cuerpo de la realidad, humillado y acribillado,
y resignado sin saber al campo de concentración web.
Todos
somos judíos 2.0
Con
el rostro también leo, releo y exagero.
Quizás
todo esto no sea más que un cosmético rápido y memorioso que acuña la misma
moneda pegada al flash de una sola cara, socrático y Warhol, memoria para lucir
y untar en el rostro serio, reflexivo y feliz.
Idiota.
Esta
no será una crítica marxista irresponsable. Es una breve descripción ingenua
pero apasionada de lo que sucede después.
Es
lo que veo, como un hechizo, como un demonio, a un idiota, sombroso y tísico,
imitador, azaroso, domiciliario, empleado y enamorado de ese otro charlatán,
reflejo, flojo y aburrido abogado incorruptible (es decir, sin oportunidades),
que lanza piedras machadianas a un gigante Robespierre de papel maché ¡Y BOOM!
¡Un aforismo de Gomez de la Serna!
“Aburrirse
es besar a la muerte”.
Tomo
la fotografía selfie antes de salir de casa al tribunal quinto civil del
Estado.
Voy
y vengo, sin oficina, sin ciudad, sin dinero, sin un arma. Solo como
propaganda.
A
trabajar, dice mi traje gris plomo, azulado bala perdida y negro hospital.
Escaleras,
puertas y jueces.
La
secretaria me dice que el juez no me puede atender.
Espero,
—le digo.
No
atenderá a nadie, —insiste.
Entonces
vuelvo sobre mis pasos como alrededor de una piscina. Salgo del tribunal que
queda en un edificio de tres pisos, cerca de lo que antes era un cine porno y
ahora es una iglesia "Pare de sufrir".
Y
ahí estoy, otra vez el cemento y yo; los taxistas y yo; el cableado eléctrico y
yo; el sol y yo; los afiches pegados ahí desde 1992 y yo.
Yo,
todos los días voto por George Orwell, y gana, invisible, sin aplausos ni
muchedumbres, gana las elecciones todos los días y gobierna desde mis metáforas
sobre la voluntad, los números y las plazas amuralladas con plumas de rata y
comuna francesa sin Flaubert.
Voy
pensando todo esto mientras el taxista calla y ni siquiera me mira.
El
taxi es la patria, le digo.
Frunce
el ceño y sonríe.
Sin
dialogo del retrovisor a la calle, de la calle al ascensor, del ascensor a la
puerta, de la sala del apartamento a... Regreso a mi habitación, al encierro, a
la portada donde sale un hombre jugando a los pliegues, regreso al prólogo, al índice,
a la pagina 106: Daguerrotipos: La esencia es una combustión de la imagen, la
luz que te separa de todas las playas oscuras y los corpúsculos de las vocales
a, e y u.
Cierro
el libro como para matar a una sombra.
No
puedo leer.
Leeré
otro libro.
El
futuro de la democracia, de Norberto Bobbio. (Yo quería ser Norberto Bobbio):
Una
cita del doctor Zhivago: "Muchas veces ha sucedido en la historia. Lo que
fue concebido como noble y elevado se ha vuelto una cruda realidad, así Grecia
se volvió Roma, la Ilustración rusa se convirtió en la revolución rusa".
Nada.
Nada
sucede.
¡Si
el dolor de cabeza pudiera pensar!
Lo
demás es cuerpo, dolor de garganta, de estómago, amputación, reproducción y
muerte; jamás pensamiento, espíritu, palabras, persuasión o mito.
Solo
recuerdos.
Recuerdo
esa novela de Celine donde los militares de la primera guerra se masturbaban
para que algo sucediera.
Nada
sucede.
Vuelvo
a donde todo comenzó, acostado en la cama, lejos de las plazas y los edificios
públicos (cerrados), lejos del ruido de los portugueses, lejos de las
secretarias, desconocidos y clientes, angustiado e injusto con la conserje y
con mi padre.
Dormido,
idiota, selfie.
También
me veo morir.
lunes, 6 de octubre de 2014
Mañana sucederá
Mañana, en esta misma ciudad, maracayo, maracayar (jaguar), maraca (semilla colgante y viento o soplo silencioso al sonar), Maracay, caerá el día sobre seis mil toneladas de cemento y hierro pegados a estas ganas de vivir aficionadas que tengo de mirar por la ventana y descubrir que hoy amaneció, que estoy vivo, que mi cuerpo se apoya en el café y en el peso que siento desde el estómago a la boca y me lanza del apartamento del cuarto piso que queda en el centro de la buhonería enrollada a los edificios donde duermen millones de palomas piojosas y húmedas por el hollín y la orina de los perros. Comida, dirían los chinos del restaurante, que fuman y sobornan al capitán del ejército Zurita Wilmer, encargado de sanidad y sanitarismo urbano.
Por estos días es lo único que me hace sentir que el corazón parpadea. Comer, masticar y engullir pan y espagueti con salsa de tomate y mayonesa fría, cocacola, televisión, uñas, y azúcar en una cuchara pequeña, dos o tres dosis cada hora. Así son los recuerdos desde hace quince años. Un día, borracho (por esa época pasaba todo el día como un jaguar de zoológico bebiendo cerveza en el restauran chino de flores plásticas), le dije a un hombre que hablaba de boxeo que el tiempo que pasa se parece a una manzana, que no suena, que no la veo, fría y cotidiana en la superioridad de la realidad, inalcanzable o invisible, escasa. Llueve, truene o relampaguee no dejo de pensar en las necesidades. Hace años que no veo una manzana. Pensarlo es tan humilde como una naranja.
Ayer han matado a un hombre de 30 puñaladas; mi padre no encuentra sus medicinas para vivir sin dolor en los huesos; el día que murió mi tío Pedro de una extraña fiebre sobre una camilla desparratada, con el cerebro en la mano y la mirada roja y perdida en el techo negro sin enfermería, murieron otras 12 personas, de la misma fiebre o abaleados. Al día siguiente no había cemento, tierra ni urnas para todos ellos, hinchados, sin muelas, sin yodo ni gasas en el pecho. Sin autopsia. Todos cargamos nuestros muertos por cuatro días más, todos tenían la misma cicatriz cruda en el pecho, con sus órganos en bandejas y una piedra de almohada, cubiertos por las ramas y las moscas del patio de una casa colonial. Allí, familiares y amigos lloraban y reían, lloraban y otra vez reían como colegiales a la hora del recreo. Compramos cerveza y le hablábamos a los muertos de su ausencia ya sin cuerpo, ya sin llanto ni risas; solo hablábamos, enamorados y ciegos.
Yo quería comer manzanas bajo la lluvia, en ese patio, con ese olor, con la misma ropa de hace días y también picado de mosquitos, con el llanto y la risa tristes por las hormigas y por los ojos cerrados. Pero recen, recen para que no llueva, nos dijo el dueño de la funeraria
hospitalaria, de todos los patios y pórticos del mundo, recen para que no llueva, porque si llueve los enterradores no trabajan.
Y todos respiramos al mismo tiempo con la mirada en la garganta, en el sexo, en las manos o en el cuello de nuestros padres, hermanos y amigos muertos.
Nadie dijo que nosotros estábamos vivos.
Rezamos. Dudamos.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Premonición
Amanece pensando que estoy muerto.
Sin duda, me muevo,
pero es el Sol, dice el forense.
Asesinado por cara de caballo,
un hombre, sí, un hombre, venas,
nervio, mandíbula, sombra,
bípedo
mamífero
cristiano,
un violador, un preso,
homicida y libre, con bigote escaso y negro,
franela color arrodíllate, maldito, perro, quieto.
El sueño es una morgue como un camaleón por dentro,
y las moscas ya son semanas,
desaparezco.
Despierto, solo, ingenuo,
en la cama que de niño ya era de hombre,
sano, culto, mentiroso, cruel,
era otro sueño,
del que nunca hablé,
sueño que me han enterrado por lo que no tengo,
por lo que no sé.
domingo, 2 de febrero de 2014
Philip
Seymour Hoffman
Charlie Wilson´s war, (2013).
Muere un actor y la creación
se siente… Aparece Philip Seymour Hoffman en escena, de perfil, y camina
lentamente hacia un espejo que todavía no refleja su rostro de mujer, de
travesti, de una sensación o una mirada que mantiene el llanto desesperado de un
actor encerrado en el cuerpo de un hombre obeso y pálido; pero se mira, respira
o recuerda y mastica lo que tiene que decir, se maquilla el pómulo gordo, flácido
y pegado al amaneramiento, al dialogo, y piensa que algún día va a morir, de
sida, de una sobredosis o de fuertes golpes en la cabeza, sin rabia, sin
complejos, sin premeditaciones. ¿Los personajes también son de carne y hueso?,
se pregunta, pero sabe que tiene que volver a sentir que es homosexual, o cura,
o mejor amigo, o editor de una revista de rock, o cualquier otro maldito desesperado
por la estupidez del progreso y la honradez que aconseja quitarse todas las mascaras.
Vuelve a mirar con la mirada
de máscara, racional, real, pura, limpia y lógica mirada de máscara caótica: Sólo
ha sido un amante celoso que ahora, también, mira su sangre entre pedacitos de
espejo esparcidos en el piso de una habitación oscura de paredes púrpuras y
perfumadas por un detergente barato, seco, blanco, que mi madre usaba cuando
vivía sola. Y se apagan las cámaras.
Ahora imagina el pasado de uno
de sus personajes cayendo de un decimo segundo piso. Es que sus pestañas son
demasiado rubias para dejar de imaginar, de pie y con su frente desnuda mientras
alguien más le habla, Robert DeNiro o el vigilante nocturno de la Metro Goldwyn
Mayer.
Nada de eso está en el guión, Philip;
escribo mientras él actúa en mi imaginación, la horizontal, la de voces como
palabras.
Ya sé, ya sé lo que vas a
decir, que nadie lo sabe ni lo sabrá jamás, que para no distraerte piensas que
los personajes tienen un pasado común con el tuyo, y que cuando actúas o creen
que actúas, los gestos, la voz y el mismo personaje aparece con la sencillez
intima de los espejos, que sólo coinciden con la realidad.
Es como cuando no decimos nada
a nadie (“yo sé algo que tú no sabes”, canturrean los niños), pero nos miran, todos
los demás extrañamente nos miran, y esperan, quizás confundidos, que seas
breve, que quemes todas las máscaras en un saludo por la mañana, “goodmorning…”,
y subes a tu apartamento en Nueva York, indiferente y más delgado. Callan. Adivinas.
Muere un actor y la creación
se siente herida.
Flawless, (1999).
domingo, 27 de octubre de 2013
El Papel Literario, sin fuego y sin papel
Hoy pierde sentido tomarse un
café a las seis de la mañana mientras la misma mujer de todos los domingos a
esa hora te recuerda que “a veces El Papel Literario no viene”. Pero cuando
viene, el desayuno, esa mañana, es diferente, incluso la noche anterior cambia
de cuerpo. Hoy ya no puedo existir de esa manera.
Por ejemplo, hoy ya no puedo amanecer con
Ana Nuño en mis manos.
Por El Papel Literario leí (conocí,
volví a leer, olvidé, estudié, citaba, citaba y citaba) a Juan Liscano, Alejandro
Rossi, Kapuscinski, Tomas Eloy Martínez, Hanna Arenth, Ednodio Quintero, Dereck
Wallcot, Victoria de Stefano, Gesualdo Bufalino, Rafael Cadenas, Pocaterra, Castro
Leiva, Walter Benjamin, Víctor Bravo, Arístides Rojas, Danilo Kis, Eugenio
Montejo. Una vez leí sobre Carlos Monsiváis y compré uno de sus libros esa
misma tarde un sábado de 199...
Por El Papel Literario leí “Vida
y destino”, de Vasili Grossman. Y ahora, ahora que tengo todos estos libros, ya
no tengo un país del que hablar, ya no puedo criticar mi orgullo, o reír con
ternura, por tener todos aquellos recuerdos en Pampanito o en Maracay cuando le
hablaba a mis amigos estudiantes de literatura de la chaqueta de cuero que
lleva Julio Garmendia en esa fotografía donde aparece como un Chaplin a los 19
años, y que ese mismo muchacho había hecho lo que hizo Jorge Luis Borges pero en
1929. Cosas que uno sabía por El Papel Literario.
Ahora, sólo me queda la
memoria del asombro cotidiano cuando me entero que han asesinado a un muchacho
de mi edad por mirar a una mujer, o que un alcalde de provincia Venezuela siglo
XXI compra un hotel 4 estrellas en ciudad de Panamá. Sólo me queda este
cretinismo de no saber porque Laureano Márquez me hace reír.
Recuerdo
como si fuera ayer cuando Miguel Otero Silva, acompañado de la espalda de de… (¿Andrés
Eloy Blanco? La memoria venezolana ya no me suena), entraba en el cuartel San
Carlos, a visitar a Domingo Alberto Rangel, preso de la dictadura.
Sí
recuerdo muy bien lo que dijeron al despedirse. Domingo Alberto le dijo a Miguel
Otero:
— Miguel,
pon ese periódico al servicio del pueblo —.
— Domingo, El Nacional es una empresa privada.
— Domingo, El Nacional es una empresa privada.
¡Lo que uno leía en El Papel
Literario!
Y es que cuando uno veía la foto en su portada, Dostoievski parecía un joven escritor que promete.
Y es que cuando uno veía la foto en su portada, Dostoievski parecía un joven escritor que promete.
Esta mañana, de repente, me
dicen que El Papel Literario, el suplemento cultural de Venezuela, suspende su
impresión porque no hay dólares, no hay papel, no hay tinta, no hay voluntad,
no hay vida, ni años, ni recuerdos, ni orgullo, ni silencio, ni imaginación, ni
practica, ni café, ni harina, ni cine, ni pan. No hay novela ni cuento ni poema
ni libro de ensayos que pueda derrocar a este gobierno que ha logrado imponer la única
sensibilidad con la que miramos y contamos esta historia llamada indiferencia y
escasez. Después de repetirlo tanta veces, cinco o seis cubano-venezolanos, lo
han logrado: Somos apátridas, ya los recuerdos con los que uno lee a Mariano
Picón Salas, Mario Briceño Iragorry o Juan Vicente González, no valen ni el papel
de donde vinieron.
Si El Papel Literario
desaparece de mis manos, me pregunto, ¿Ricardo Piglia tenía razón? Es decir, ¿somos un país
marxista leninista robinsoneano zamorano bolivariano cubano chavista cristiano sin
papel, donde un escritor argentino (que no he leído), tiene la razón? Es decir,
sí, es cierto, es verdad lo que dicen, lo que podría decir cualquiera de
nosotros, los recuerdos son burgueses, conchas de mar, amaneramientos, homenajes
a un mundo que no existe, que nunca existió; que sí, que decir cualquier cosa
con ironía, interés personal y resentimiento es lo que realmente tiene valor en
un país que en setenta años mantuvo una publicación donde las mentes del siglo
XX y de fuego creador latinoamericano imprimieron sus primeras trazos a carboncillo en la
solemnidad de la tipografía sobre el papel. Pero no más.
Puedo escuchar la voz del big
brother: “Ustedes burgueses, no necesitan
el favor de los dineros del Estado para mantener sus vicios y sus nostalgias.
Esas ideas que nada tienen que ver con el pueblo, por europeas y norteamericanas,
no tienen ya vida ni destino en el futuro de la patria. Somos lo que somos, sin
sus recuerdos ”.
Y callamos, aceptamos, fingimos,
(¿se escuchan risas?). Y así empezamos a creer y a ver lo que han repetido
durante 14 años en horas de televisión: Somos derrochadores de petróleo, de
papel, de café y de pan.
¿Lo somos?
Ahora sólo nos queda escribir
y leer con esa misma ironía.
Yo, que vivo en Maracay y
tengo familia en Pampanito, recuerdo cuando tenía doce años, y no tenia celular,
y las computadoras me aburrían tanto como una máquina de escribir, pero leía El
Papel Literario, y todavía no podía ni siquiera imaginar que yo sería ese recuerdo,
pero triste por el silencio, por una dictadura, por los libros, por la memoria,
por el dinero, por las palabras, por la comida, por la historia, por este siglo,
sin fuego y sin papel.
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